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XLII

Entre tanto, se oyó un ruido horrible abajo en las escaleras; unos gritaban: «¡Apresad a los traidores monjes!»; otros: «¡A la mazmorra con ellos!»; otros: «¡Arrojadlos desde las almenas más altas!».

“¡En el nombre de Dios!”, exclamó Cedric, dirigiéndose a lo que parecía el espectro de su difunto amigo: “Si eres mortal, ¡habla!; si un espíritu desencarnado, di por qué causa nos visitas, o si puedo hacer algo para que tu alma descanse. ¡Vivo o muerto, noble Athelstane, háblale a Cedric!”.

—Lo haré —dijo el espectro con mucha calma—, cuando haya tomado aliento y cuando usted me dé tiempo. —Dices que vivo... Estoy tan vivo como puede estarlo quien se ha alimentado de pan y agua durante tres días, que parecen tres edades. —¡Sí, pan y agua, padre Cedric! ¡Por el Cielo y todos sus santos, mejor alimento no ha pasado por mi gaznate en tres largos días, y por la providencia de Dios estoy hoy aquí para contarlo!

—¿Cómo, noble Athelstane —dijo el Caballero Negro—, si yo mismo lo vi caer abatido por el fiero Templario hacia el final del asalto a Torquilstone y, según creí y Wamba informó, le habían partido el cráneo hasta los dientes?

—Pensaste mal, señor caballero —dijo Athelstane—, y Wamba mintió. Mis dientes están en buen estado, y mi cena lo comprobará dentro de poco; sin deberle las gracias al Templario, cuya espada se torció en su mano, de modo que la hoja me dio de plano, al ser desviada por el mango de la buena maza con la que paré el golpe; de haber tenido puesto mi casco de acero, no le habría dado la menor importancia, y le habría propinado tal golpe de respuesta que le habría arruinado la retirada. Pero tal como fue, al suelo fui a dar, aturdido, ciertamente, mas sin una herida.

Otros, de ambos bandos, fueron derribados y masacrados sobre mí, de modo que no recuperé el sentido hasta que me vi en un ataúd (uno abierto, por buena suerte), colocado ante el altar de la iglesia de San Edmundo. Estornudé repetidamente, me quejé, desperté y me habría

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