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XXIV

habitual ceño fruncido. Echó la llave por fuera, y Rebecca pudo oírla maldecir cada escalón por lo empinado que era, mientras descendía lenta y laboriosamente por la escalera de la torre.

A Rebecca le aguardaba ahora un destino aún más terrible que el de Rowena; pues, ¿qué probabilidad había de que se emplearan ni la gentileza ni las formas con alguien de su oprimida raza, por más que se mantuviera alguna apariencia de ellas hacia una heredera sajona?

Sin embargo, la judía contaba con esta ventaja: estaba mejor preparada, por sus hábitos de pensamiento y su fortaleza mental natural, para afrontar los peligros a los que se veía expuesta. De carácter fuerte y observador, ya desde sus primeros años, la pompa y la riqueza que su padre exhibía entre sus muros, o de las que ella era testigo en las casas de otros hebreos adinerados, no habían logrado cegarla ante las precarias circunstancias en las que se disfrutaban.

Como Damocles en su célebre banquete, Rebecca contemplaba perpetuamente, en medio de aquel despliegue suntuoso, la espada que pendía sobre las cabezas de su pueblo de un solo cabello. Estas reflexiones habían moderado y aquilatado hasta un grado de juicio más sensato un carácter que, en otras circunstancias, podría haberse vuelto altivo, superfino y obstinado.

Del ejemplo y los mandatos de su padre, Rebeca había aprendido a comportarse cortésmente con todos los que se le acercaban.

En verdad, no podía imitar su exceso de servilismo, porque era ajena a la bajeza de espíritu y al constante estado de temor aprensivo por el que este era dictado; sino que se conducía con una orgullosa humildad, como si se someterse a las malas circunstancias en las que se encontraba por ser hija de una raza despreciada, al tiempo que sentía en su mente la conciencia de que tenía derecho a ocupar un rango superior por su mérito del que el despotismo arbitrario de los prejuicios religiosos le permitía ambicionar.

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