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XXXVII

los hermanos fueran convocados en consejo, salvo por voluntad y mandato del Maestre; dejándonos en libertad, al igual que a aquellos padres más dignos que nos han precedido en este nuestro cargo, para juzgar tanto la ocasión como el tiempo y el lugar en que un capítulo de toda la Orden, o de cualquier parte de la misma, pueda ser convocado. Asimismo, en todos estos capítulos, es nuestro deber escuchar el consejo de nuestros hermanos y proceder según nuestro propio beneplácito. Pero cuando el lobo rabioso ha hecho incursión en el rebaño y se ha llevado a uno de sus miembros, es deber del buen pastor convocar a sus compañeros para que, con arcos y hondas, puedan someter al invasor, conforme a nuestra bien conocida regla de que al león hay que abatirlo siempre.

Por tanto, hemos mandado a nuestra presencia a una mujer judía, de nombre Rebeca, hija de Isaac de York, una mujer infame por sortilegios y hechicerías; por los cuales ha enloquecido la sangre y embotado el cerebro, no de un villano, sino de un caballero; no de un caballero seglar, sino de uno consagrado al servicio del Santo Templo; no de un caballero compañero, sino de un Preceptor de nuestra Orden, el primero tanto en honor como en jerarquía.

Nuestro hermano, Brian de Bois-Guilbert, es bien conocido por nosotros, y por todos los grados que ahora me escuchan, como un verdadero y zeloso campeón de la Cruz, por cuyo brazo se han obrado muchas proezas de valor en Tierra Santa, y los santos lugares purificados de la impureza por la sangre de aquellos infieles que los profanaron.

Ni la sagacidad y prudencia de nuestro hermano han tenido menor renombre entre sus hermanos que su valor y disciplina; a tal punto que los caballeros, tanto en tierras orientales como occidentales, han nombrado a De Bois-Guilbert como alguien que bien puede ser propuesto como sucesor de este báculo, cuando le plazca al Cielo librarnos del trabajo de llevarlo.

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