Con una inteligencia alerta ante su peligrosa situación y pronta a valerse de cuantos medios de salvación se le presentaban, Rebecca había esperado algo de la presencia de un hombre de religión quien, según supo por Urfried, había penetrado en aquel castillo impío. Aguardó el regreso del supuesto eclesiástico con el propósito de dirigirse a él y ganárselo en favor de los prisioneros; con cuán imperfecto éxito, el lector acaba de saberlo.
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