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VII. Caballeros

caballero normando de la sangre de Montdidier?

Esta áspera recriminación no iba dirigida a otro que a nuestro conocido Isaac, quien, rica e incluso magníficamente vestido con una gabardina adornada con encajes y forrada de piel, procuraba abrirse paso en la primera fila, bajo la tribuna, para su hija, la hermosa Rebeca, la cual se había reunido con él en Ashby y ahora iba del brazo de su padre, no poco aterrorizada por el descontento popular que la presunción de su progenitor parecía suscitar de manera general.

Pero Isaac, aunque lo habíamos visto bastante tímido en otras ocasiones, sabía muy bien que en el presente no tenía nada que temer. No era en lugares de concurrencia general, o donde sus iguales estaban reunidos, que ningún noble avaro o malévolo osara causarle daño. En tales reuniones, los judíos se hallaban bajo la protección de la ley general; y si esta resultaba ser una débil garantía, solía ocurrir que entre los asistentes hubiera algunos barones que, por sus propios intereses, estuvieran dispuestos a actuar como sus protectores.

En esta ocasión, Isaac se sentía más confiado que de costumbre, consciente de que el príncipe Juan se encontraba en ese mismo momento negociando un gran préstamo con los judíos de York, que debía garantizarse con ciertas joyas y tierras. La parte del propio Isaac en esta transacción era considerable, y sabía muy bien que el ardiente deseo del Príncipe de llevarla a término le aseguraría su protección en el apuro en que se encontraba.

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