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XXXV

llevaba, y luciendo sobre el hombro izquierdo la cruz octagonal propia de la Orden, hecha de paño rojo. Ni armiño ni veros adornaban esta prenda; pero, debido a su edad, el Gran Maestre, tal como lo permitían las reglas, llevaba el jubón forrado y adornado con la piel de cordero más suave, curtida con la lana hacia afuera, lo que constituía la aproximación más cercana que podía permitirse al uso de las pieles, por entonces el mayor lujo en el vestir. En la mano llevaba ese singular ábaco, o bastón de mando, con el que se suele representar a los templarios, que tenía en el extremo superior una placa redonda en la que estaba grabada la cruz de la Orden, inscrita dentro de un círculo u orla, como lo llaman los heraldos.

Su compañero, que asistía a este gran personaje, llevaba casi la misma vestimenta en todos los aspectos, pero su extrema deferencia hacia su Superior mostraba que no existía ninguna otra igualdad entre ellos. El Preceptor, pues tal era su rango, no caminaba en línea con el Gran Maestre, sino justo un poco más atrás, de modo que Beaumanoir pudiera hablarle sin volverse.

—Conrado —dijo el Gran Maestre—, fiel compañero de mis batallas y de mis fatigas, solo en tu leal pecho puedo confiar mis pesares. Solo a ti puedo decirte cuán a menudo, desde que vine a este reino, he deseado partir y estar con los justos. Ni un solo objeto en Inglaterra ha posado mi vista sobre él con agrado, salvo las tumbas de nuestros hermanos, bajo el macizo techo de nuestra iglesia del Temple en aquella altiva capital. > «¡Oh, valeroso Robert de Ros! —exclamé interiormente, mientras contemplaba a estos buenos soldados de la cruz, tal como yacen esculpidos en sus sepulcros—; ¡oh, digno William de Mareschal! Abrid vuestras celdas de mármol

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