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XXVII

—Pero, noble señor —continuó el fraile, persistiendo en sus empeños por llamar la atención—, considerad mi voto de obediencia y permitidme cumplir con el encargo de mi superior.

—Fuera este viejo charlatán —dijo Front-de-Bœuf—, encerradle en la capilla para que rece sus cuentas hasta que acabe la refriega. Será algo nuevo para los santos de Torquilstone oír aves y paternosters; no han recibido tal honor, a lo que creo, desde que fueron labrados en piedra.

“No blasfeméis de los santos varones, sir Reginald —dijo De Bracy—, necesitaremos de su ayuda hoy antes de que esa canalla se disperse”.

—Poca ayuda espero de su parte —dijo Front-de-Boeuf—, a menos que los arrojemos desde las almenas sobre las cabezas de esos villanos. Allá hay un San Cristóbal enorme y pesado, suficiente para aplastar a toda una compañía contra el suelo.

El Templario había estado observando mientras tanto las operaciones de los sitiadores con bastante más atención que el brutal Front-de-Boeuf o su atolondrado compañero.

—Por la fe de mi orden —dijo—, estos hombres avanzan con mayor visibilidad de disciplina de lo que se habría podido juzgar, por mucho que la hayan adquirido. ¿Veis con qué destreza se aprovecha cada cobertura que ofrece un árbol o un matorral, y evitan exponerse a los disparos de nuestras ballestas? No diviso ni estandarte ni pendón entre ellos, y aun así apostaría mi cadena de oro a que van guiados por algún noble caballero o hidalgo, experto en el ejercicio de las armas.

—Lo diviso —dijo De Bracy—; veo ondear el penacho de un caballero y el brillo de su armadura. Mirad a ese hombre alto de cota negra, que anda ocupado formando a la tropa más lejana de la rascaille de plebeyos; por san Dionisio, creo que es el mismo a quien llamamos Le Noir Faineant, que te derribó, Front-de-Boeuf, en las justas de Ashby.

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