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XIV. El torneo

primero alegó la indisposición de Rowena como motivo para no acudir a su gentil llamamiento.

Cedric y Athelstane vestían ambos los antiguos hábitos sajones, los cuales, aunque no carecían en sí de elegancia y en esta ocasión estaban confeccionados con materiales costosos, diferían tanto en forma y apariencia de los de los demás invitados, que el príncipe Juan se alabó mucho ante Waldemar Fitzurse por haberse contenido de la risa ante un espectáculo que la moda de la época hacía ridículo.

Sin embargo, a los ojos de un juicio sensato, la túnica corta y ajustada y el largo manto de los sajones resultaban un atuendo más elegante, así como más cómodo, que el traje de los normandos, cuya prenda interior era un jubón largo, tan holgado que parecía una camisa o una blusa de carretero, cubierto por una capa de dimensiones escasas, incapaz tanto de proteger a quien la llevaba del frío como de la lluvia, y cuyo único propósito parecía ser el de lucir tanta piel, bordados y pedrería como la ingeniosidad del sastre fuera capaz de colocar sobre ella.

El emperador Carlomagno, en cuyo reinado se introdujeron por primera vez, parece haber sido muy consciente de los inconvenientes derivados de la moda de esta prenda.

«En nombre del cielo —dijo—, ¿de qué sirven estas capas abreviadas? Si estamos en la cama no cubren nada, a caballo no protegen del viento ni de la lluvia, y cuando estamos sentados, no resguardan nuestras piernas de la humedad ni de la escarcha».

No obstante, a pesar de esta reprensión imperial, las capas cortas continuaron de moda hasta la época de que tratamos, y en particular entre los príncipes de la Casa de Anjou. Eran, por tanto, de uso universal entre los cortesanos del príncipe Juan; y el manto largo, que constituía la prenda superior de los sajones, era objeto de proporcional burla.

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