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XXX

Pero había llegado ya el momento en que la tierra y todos sus tesoros se desvanecían ante sus ojos, y en que el corazón del fiero Barón, aunque duro como la piedra inferior de un molino, se aterrorizaba al contemplar hacia adelante la oscura vacuidad del porvenir. La fiebre de su cuerpo avivaba la impaciencia y la agonía de su mente, y su lecho de muerte presentaba una mezcla de sentimientos de horror recién despertados que luchaban contra la terca e inveterada obstinación de su carácter;⁠—un estado mental temible, comparable únicamente a aquellas regiones portentosas donde hay lamentos sin esperanza, remordimientos sin arrepentimiento, una terrible sensación de presente agonía y el presentimiento de que no puede cesar ni disminuir!

—¿Dónde están ahora esos perros de curas —gruñó el barón—, que tanto valor dan a su beatería fantasmal?; ¿dónde están todos esos carmelitas descalzos, para quienes el viejo Front-de-Boeuf fundó el convento de Santa Ana, robándole a su heredero muchos hermosos ar S de pradera y muchos campos y cercados pingües?; ¿dónde están ahora esos sabuesos codiciosos? Bebiendo a raudales, me apuesto lo que sea, en la taberna, o haciendo sus trucos de prestidigitación junto al lecho de algún avaro tacaño. A mí, el heredero de su fundador; a mí, por cuya alma su fundación les obliga a rezar; a mí —¡malvados ingratos que son!—, ¡me dejan morir como a un perro sin hogar en aquel páramo, sin confesión ni extremaunción! Decid al Templario que venga acá; es sacerdote y puede hacer algo... ¡Pero no! Tan válido sería confesarme con el diablo como con Brian de Bois-Guilbert, a quien no le importa ni el cielo ni el infierno. He oído a los ancianos hablar de la oración, de la oración hecha con la propia voz... Quienes tal hacen no necesitan cortejar ni sobornar al falso sacerdote. ¡Pero yo..., yo no me atrevo!

—Vive Reginald Front-de-Boeuf —dijo una voz quebrada y chillona muy cerca de su lecho—, ¡para decir que hay algo que no se atreva a hacer!

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