y sus ojos estudian vanos romances! Se les ordenó extirpar la magia y la herejía. ¡He aquí que se les acusa de estudiar los malditos secretos cabalísticos de los judíos y la magia de los paganos sarracenos! Se les prescribió la sencillez en la dieta: raíces, potajes, gachas, comer carne solo tres veces por semana, porque la alimentación habitual a base de carne es una deshonrosa corrupción del cuerpo; ¡y he aquí que sus mesas gimen bajo manjares delicados! Su bebida debía ser agua, y ahora, ¡beber como un templario es la jactancia de todo alegre compañero de copas! Este mismo jardín, lleno como está de hierbas curiosas y árboles enviados de los climas orientales, conviene más al harén de un emir infiel que a la parcela que los monjes cristianos debieran dedicar a cultivar sus humildes hortalizas. —¡Y oh, Conrade! ¡Bien andaría las cosas si la relajación de la disciplina se detuviera siquiera aquí! —Bien sabéis que teníamos prohibido recibir a aquellas devotas mujeres que al principio se asociaron como hermanas de nuestra Orden, porque, como dice el cuadragésimo sexto capítulo, el Antiguo Enemigo ha apartado a muchos, mediante la compañía femenina, del buen camino hacia el paraíso. Es más, en el último capítulo, siendo por así decirlo la clave de bóveda que nuestro bendito fundador colocó sobre la doctrina pura e inmaculada que había impuesto, se nos prohíbe ofrecer, aun a nuestras hermanas y nuestras madres, el beso de afecto: —ut omnium mulierum fugiantur oscula. —Me avergüenza hablar, me avergüenza pensar en las corrupciones que han irrumpido en nosotros como un torrente. Las almas de nuestros puros fundadores, los espíritus de Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Omer, y de los bienaventurados Siete que primero se unieron para dedicar sus vidas al servicio del Temple, están turbados aun en el goce del mismo paraíso. Los he visto, Conrade, en las visiones de la noche: sus ojos santos derraman lágrimas por los pecados y las necedades de sus hermanos, y por el inmundo y vergonzoso lujo en el que se revuelcan. Beaumanoir —dicen—, duermes, ¡despierta! Hay una mancha en el tejido del Templo, tan profunda y repugnante como la dejada por las estrías de la lepra en las paredes de las casas infectadas de antaño.
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