aquellos tiempos ignorantes y supersticiosos, fácilmente acreditadas como pruebas de culpabilidad. La primera clase exponía que se había oído a Rebeca murmurar para sí misma en una lengua desconocida; que los cantos que entonaba a ratos poseían un sonido extrañamente dulce, que hacía zumbar los oídos del oyente y latir su corazón; que hablaba a veces sola y parecía mirar hacia lo alto en busca de respuesta; que sus prendas eran de una forma extraña y mística, distinta a la de las mujeres de buena reputación; que llevaba anillos grabados con símbolos cabalísticos y que en su velo había bordados caracteres extraños.
Todas estas circunstancias, tan naturales y tan triviales, fueron escuchadas gravemente como pruebas, o, al menos, como indicios de que Rebeca mantenía relaciones ilícitas con poderes místicos.
Pero hubo un testimonio menos equívoco, que la credulidad de la asamblea, o de la mayor parte de ella, tragó con avidez, por increíble que fuese.
Uno de los soldados la había visto obrar una cura en un hombre herido, traído con ellos al castillo de Torquilstone. Ella hizo, según dijo, ciertas señales sobre la herida y repitió ciertas palabras misteriosas, que daba gracias a Dios por no entender, cuando la cabeza de hierro de un dardo de ballesta se desprendió de la herida, la hemorragia se detuvo, la herida se cerró y el moribundo, en el espacio de un cuarto de hora, caminaba por las murallas y ayudaba al testigo a manejar un mangonel, o máquina para arrojar piedras.
Esta leyenda probablemente se basaba en el hecho de que Rebeca había atendido al herido Ivanhoe cuando estaban en el castillo de Torquilstone. Pero era tanto más difícil disputar la exactitud del testimonio cuanto que, para aportar pruebas reales en apoyo de su testimonio verbal, sacó de su bolsa la mismísima punta de dardo que, según su relato, había sido milagrosamente extraída de la herida; y como el hierro pesaba una onza entera, confirmó por completo el cuento, por muy maravilloso que fuera.