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XL

Ivanhoe, que tenía otros hilos que tejer que ponerse a discutir los andares de un palafrén con su dueño, hizo oídos sordos a los graves consejos y a las jocosas bromas del Prior, y habiendo saltado sobre su yegua y ordenado a su escudero (pues tal se llamaba ahora Gurth) que se mantuviera muy cerca de su lado, siguió la pista del Caballero Negro hacia el bosque, mientras el Prior se quedaba a la puerta del convento mirándole alejarse y exclamando: —¡Santa María! ¡Qué prontos y fogosos son estos hombres de guerra! Ojalá no le hubiera confiado a Malkin a su cuidado, pues, tullido como estoy por el reumatismo frío, estoy arruinado si le llega a suceder algo malo. Y sin embargo —dijo, recapacitando—, así como yo no escatimaría mis propias y endebles extremidades en la buena causa de la Vieja Inglaterra, Malkin bien debe correr su misma suerte en esta aventura; y puede que consideren a nuestra pobre casa digna de alguna generosa recompensa—, o puede que le envien al viejo Prior una hacanea de paso. Y si no hacen nada de esto, como los grandes hombres suelen olvidar los servicios de los humildes,

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