que expresaban la más profunda desesperación, y se retorcía las manos, como si estuviera afectado por algún extraño desastre.
A las preguntas de Athelstane y Cedric, el anciano judío solo pudo responder durante un buen rato invocando la protección de todos los patriarcas del Antiguo Testamento, uno tras otro, contra los hijos de Ismael, que venían a castigarlos con la espada, de pie y a caballo.
Cuando comenzó a recuperarse de aquella agonía de terror, Isaac de York (pues era nuestro viejo amigo) pudo por fin explicar que había contratado a una guardia de corps de seis hombres en Ashby, además de mulas para llevar la litera de un amigo enfermo.
Este grupo se había comprometido a escoltarlo hasta Doncaster. Habían llegado sanos y salvos hasta allí; pero, al recibir información de un leñador de que había una fuerte banda de forajidos al acecho en los bosques que tenían por delante, los mercenarios de Isaac no solo se habían dado a la fuga, sino que se habían llevado los caballos que tiraban de la litera, dejando al judío y a su hija sin medios de defensa ni de retirada, a merced de los bandidos, que esperaban que cayeran sobre ellos en cualquier momento.
—Si les pluguiera a vuestras mercedes —añadió Isaac, en un tono de profunda humillación—, permitir que los pobres judíos viajen bajo vuestra salvaguarda, juro por las tablas de nuestra ley que jamás se le habrá concedido a un hijo de Israel, desde los días de nuestro cautiverio, un favor que sea más agradecido.
«¡Perro de judío! —dijo Athelstane, cuya memoria era de esa clase mezquina que almacena toda clase de fruslerías, pero particularmente las ofensas triviales—, ¿no te acuerdas de cómo nos desafiaste en la tribuna del palenque? Lucha o huye, o arréglate con los bandidos como te plazca, pero no nos pidas ni ayuda ni compañía; y si roban solo a los de tu calaña,