que se alza nuestro edificio ya está socavado, y cada añadidura que hagamos a la estructura de nuestra grandeza no hará sino precipitarla antes en el abismo. Debemos desandar nuestros pasos y mostrarnos como los fieles Campeones de la Cruz, sacrificando a nuestra vocación no solo nuestra sangre y nuestras vidas —no solo nuestras pasiones y nuestros vicios—, sino nuestro reposo, nuestras comodidades y nuestros afectos naturales, y actuar como hombres convencidos de que muchos placeres que puedan ser lícitos para otros, están prohibidos al soldado consagrado del Temple.
En este momento un escudero, vestido con una indumentaria raída (pues los aspirantes a esta santa Orden llevaban durante su noviciado las prendas descartadas de los caballeros), entró en el jardín y, haciendo una reverencia profunda ante el Gran Maestre, permaneció en silencio, aguardando su permiso antes de atreverse a comunicar su recado.
—¿No es más decoroso —dijo el Gran Maestre— ver a este Damián, vestido con los hábitos de la cristiana humildad, comparecer así con reverente silencio ante su Superior, que hace apenas dos días, cuando el tonto engreído iba ataviado con una casaca pintada y cascabeleando tan impertinente y orgulloso como cualquier papagayo?— Habla, Damián, te lo permitimos. ¿Cuál es tu cometido?
—Un judío aguarda fuera de la puerta, noble y reverendo padre —dijo el escudero—, y suplica hablar con el hermano Brian de Bois-Guilbert.
“Hiciste bien en darme noticia de ello —dijo el Gran Maestre—; en nuestra presencia un Preceptor no es sino un simple cofrade de nuestra Orden, el cual no debe obrar según su propia voluntad, sino según la de su Maestre, conforme al texto: «Al oír con el oído, me ha obedecido». Nos importa especialmente conocer las actuaciones de este Bois-Guilbert —dijo, volviéndose hacia su compañero”.
—La fama lo proclama audaz y valiente —dijo Conrado.