acciones pregonan, sálvame de esta horrible muerte, sin buscar una retribución que cambiaría tu magnanimidad en vil trueque.
—¡No, doncella! —dijo el orgulloso Templario, incorporándose de un salto—, no has de imponerme así tu voluntad; si renuncio a la gloria presente y a la ambición futura, lo hago por ti, y huiremos juntos. Escúchame, Rebeca —prosiguió, suavizando de nuevo su tono—; Inglaterra —Europa— no es el mundo. Hay esferas en las que podemos actuar, lo bastante amplias incluso para mi ambición. Icontraremos a Palestina, donde Conrado, marqués de Montserrat, es mi amigo —un amigo libre como yo de los estúpidos escrúpulos que encadenan nuestra razón innata—; antes nos aliaremos con Saladino que soportar el desdén de los fanáticos a los que despreciamos. Abriré nuevos caminos hacia la grandeza —continuó, recorriendo de nuevo la estancia a grandes zancadas—; ¡Europa oirá el pesado paso de aquel a quien ha expulsado de entre sus hijos! Ni los millones que sus cruzados envían a la matanza pueden hacer tanto por defender Palestina —ni las cimitarras de los miles y diez miles de sarracenos pueden abrirse paso tan hondo en esa tierra por la que luchan las naciones— como la fuerza y la astucia mías y de aquellos hermanos que, a pesar de ese viejo fanático de ahí fuera, me seguirán en las buenas y en las malas. Serás una reina, Rebeca; ¡en el monte Carmelo alzaremos el trono que mi valor te conquistará, y cambiaré mi tan ansiado bastón de mando por un cetro!
—Un sueño —dijo Rebeca—; una vana visión de la noche que, de ser una realidad en la vigilia, no me afectaría. Basta con decir que jamás compartiré el poder que podrías adquirir; ni tengo en tan poco a mi país o mi fe religiosa como para estimar a quien está dispuesto a vender estos lazos y desechar los vínculos de la Orden de la que es miembro jurado, con el fin de satisfacer una pasión desmedida por la hija de otro pueblo.— No le pongas precio a mi liberación, señor caballero; no vendas un acto de generosidad; protege al oprimido por caridad y no por una ventaja egoísta. Ve al trono de Inglaterra; Ricardo escuchará mi súplica contra estos hombres crueles.