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XXXIII

—¡Ay de mí! ¡Ay de mí! —dijo el judío—, por doquier se levantan los despojadores contra mí; soy entregado como presa al asirio, y como presa al de Egipto.

“¿Y cuál otra ha de ser la suerte de tu maldita raza?”, respondió el Prior; “porque, ¿qué dice la sagrada escritura? Verbum Domini projecerunt, et sapientia est nulla in eis —han desechado la palabra del Señor, y no hay sabiduría en ellos; propterea dabo mulieres eorum exteris —entregaré sus mujeres a los extranjeros, es decir, al Templario, como en el presente caso; et thesauros eorum haeredibus alienis, y sus tesoros a otros herederos —como en el caso presente a estos honrados caballeros”.

Isaac gimió profundamente, y comenzó a estrujarse las manos, y a recaer en su estado de desolación y desesperación. Pero el jefe de los hombres de armas lo llevó aparte.

—Aconséjate bien, Isaac —dijo Locksley—, sobre lo que has de hacer en este asunto; mi consejo para ti es que te hagas amigo de este eclesiástico. Es vanidoso, Isaac, y es codicioso; al menos necesita dinero para sufragar sus derroches. Fácilmente puedes satisfacer su codicia; pues no creas que me ciegan tus pretextos de pobreza. Conozco íntimamente, Isaac, el mismísimo cofre de hierro en el que guardas tus bolsas de dinero. ¡Qué! ¿Acaso no conozco la gran piedra bajo el manzano, que conduce a la cámara abovedada bajo tu jardín en York?

El judío se puso pálido como la muerte—. Pero no temas nada de mí —continuó el ballestero—, pues nos conocemos de antiguo. ¿Acaso no recuerdas al ballestero enfermo que tu hermosa hija Rebeca libró de las cadenas en York, y lo tuvo en su casa hasta que recobró la salud, momento en el que lo despediste recuperado y con una moneda? Usurero como eres, jamás colocaste moneda a mejor interés que aquel pobre marco de plata, pues hoy te ha salvado quinientas coronas.

—¿Y tú eres aquel a quien llamábamos Diccon Ten-el-Arco? —dijo Isaac—; siempre creí reconocer el acento de tu voz.

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