un pueblo en día de fiesta, además. Front-de-Boeuf se está muriendo también, así que no recibiremos más ayuda de su cabeza de toro y su fuerza brutal. ¿Qué os parece, sir Brian, no valdría más hacer de necesidad virtud y llegar a un acuerdo con los granujas entregando a nuestros prisioneros?
—¿Cómo? —exclamó el Templario—; ¿entregar a nuestros prisioneros y quedar convertidos en objeto de ridículo y execración por igual, como los valientes guerreros que se atrevieron mediante un ataque nocturno a apoderarse de las personas de un grupo de viajeros indefensos, y sin embargo no pudieron defender un fuerte castillo contra una tropa vagabunda de bandidos, guiados por porquerizos, bufones y la escoria misma de la humanidad? —¡Maldito sea tu consejo, Maurice de Bracy! —¡Las ruinas de este castillo sepultarán tanto mi cuerpo como mi vergüenza antes de que consienta en tan baja y deshonrosa transacción!
—Vayamos a los muros, pues —dijo De Bracy con despreocupación—; jamás ha nacido hombre, ya sea