Y con esto hizo girar su pesada alabarda alrededor de la cabeza tal como un pastorcillo hace orear su ligero cayado.
—Cierto, venerable clérigo —dijo el Caballero Negro—, tan cierto como si el mismísimo san Dunstan lo hubiera dicho.—Y ahora, buen Locksley, ¿no sería conveniente que el noble Cedric asumiera la dirección de este asalto?
—Ni una trizca —respondió Cedric—; jamás me he habituado ni a estudiar cómo tomar ni cómo defender esas moradas de poder tiránico que los normandos han erigido en esta tierra que gime. Pelearé entre los primeros; pero mis honrados vecinos saben bien que no soy un soldado avezado en la disciplina de las guerras ni en el asalto de fortalezas.
—Ya que así están las cosas con el noble Cedric —dijo Locksley—, estoy más que dispuesto a hacerme cargo de la dirección del tiro con arco; y que me ahorquen en mi propio Árbol de la Cita, si a los defensores se les permite mostrarse sobre los muros sin ser acribillados con tantas flechas como clavos de especia tiene un jamón en Navidad.
—Bien dicho, fornido labrador —respondió el Caballero Negro—; y si se me considera digno de tener un mando en estos asuntos, y puedo hallar entre estos valientes hombres a otros tantos que estén dispuestos a seguir a un verdadero caballero inglés, pues así puedo llamarme con certeza, estoy listo, con la habilidad que mi experiencia me ha enseñado, para conducirlos al asalto de estos muros.
Repartidas así las partes entre los jefes, comenzaron el primer asalto, de cuyo resultado ya ha oído hablar el lector.
Cuando la barbacana fue tomada, el Caballero Negro envió aviso del feliz acontecimiento a Locksley, rogándole al mismo tiempo que mantuviera sobre el castillo una vigilancia tan estricta que impidiera a los defensores unir sus fuerzas para una salida repentina y recuperar la obra exterior que habían perdido.