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XLII

propios pies con la llave de los grillos, que pendía, junto con otras, del cinto del sextón; y tuve la ocurrencia de reventarle los sesos al bellaco con el manojo de llaves, pero la gratitud por el rincón de empanada y el frasco de vino que el bribón había compartido con mi cautiverio me llegó al corazón; de modo que, con un par de buenas patadas, lo dejé en el suelo, me metí en el zurrón un poco de carne asada y un odre de vino con el que los dos venerables hermanos se habían estado regalando, fui a la caballeriza y hallé en un pesebre apartado a mi propio y mejor palafrén, el cual, sin duda, había sido reservado para el uso particular del santo padre Abad. Hasta aquí llegué con toda la velocidad que la bestia pudo alcanzar⁠—huyendo de mí todo bizarro e hijo de madre por dondequiera que pasaba, tomándome por un espectro, y más aún porque, para evitar ser reconocido, me eché la capucha de difunto sobre el rostro. No habría logrado entrar en mi propio castillo de no haberse creído que era yo el ayudante de un juglar que está divirtiendo mucho a la gente en el patio de armas, teniendo en cuenta que se halla reunida para celebrar las exequias de su señor⁠—digo que el maestresala creyó que iba vestido para tomar parte en la mojiganga del saltimbanqui, y así conseguí la entrada, y apenas me hube descubierto ante mi madre y comido un bocado apresurado, cuando vine en vuestra busca, mi noble amigo.

—Y me has hallado —dijo Cedric—, dispuesto a reanudar nuestros valientes proyectos de honor y libertad. Te digo que jamás alboreará un mañana tan propicio como el próximo para la liberación de la noble raza sajona.

—No me hables de liberar a nadie —dijo Athelstane—; bastante tengo con haberme librado yo. Estoy más empeñado en castigar a ese infame abad. Colgará de lo más alto de este castillo de Coningsburgh, con su capa y su estola; y si la escalera es demasiado estrecha para que quepa su gordo cuerpo, haré que lo suban con una grúa desde el exterior.

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