El tronco de un abeto joven al que se le habían despojado las ramas, con un trozo de madera atado transversalmente cerca de la parte superior, estaba plantado en vertical junto a la puerta, como un tosco emblema de la santa cruz. A poca distancia, a la mano derecha, una fuente de agua purísima brotaba de la roca y era recogida en una piedra hueca que la labor humana había convertido en una pila rústica. Al escapar de allí, el arroyo murmuraba pendiente abajo por un cauce que su curso había desgastado largamente, y así serpenteaba por la pequeña llanura para ir a perderse en el bosque cercano.
Al lado de esta fuente se encontraban las ruinas de una capilla muy pequeña, cuyo techo se había derrumbado parcialmente.
El edificio, cuando estaba entero, jamás había medido más de dieciséis pies de largo por doce de ancho, y el techo, bajo en proporción, descansaba sobre cuatro arcos concéntricos que nacían de las cuatro esquinas del edificio, cada uno apoyado sobre un pilar corto y pesado.
Los nervios de dos de estos arcos permanecían, aunque el techo se había caído entre ellos; sobre los otros permanecía intacto.
La entrada a este antiguo lugar de devoción se encontraba bajo un arco de medio punto muy bajo, adornado con varias hileras de esa moldura en zigzag, semejante a dientes de tiburón, que aparece tan a menudo en la arquitectura sajona más antigua.
Un campanario sealzaba sobre el pórtico apoyado en cuatro pequeños pilares, dentro del cual colgaba la campana verde y desgastada por la intemperie, cuyos débiles sonidos habían sido escuchados un rato antes por el Caballero Negro.
Toda aquella escena pacífica y tranquila yacía brillando en la penumbra ante los ojos del viajero, dándole la segura promesa de un techo para la