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XLIII

El heraldo, pues, viendo a cada campeón en su puesto, alzó la voz repitiendo tres veces: «¡Faites vos devoirs, preux chevaliers!». Tras el tercer grito, se retiró a un lado de la liza y proclamó de nuevo que nadie, bajo pena de muerte inmediata, osara, mediante palabra, grito o acción, interferir o perturbar aquel noble campo de combate. El Gran Maestre, que tenía en la mano la prenda del combate, el guante de Rebecca, lo arrojó entonces a la liza y pronunció las fatales palabras de la señal: «Laissez aller».

Las trompetas sonaron, y los caballeros se lanzaron el uno contra el otro a toda carrera. El cansado caballo de Ivanhoe, y su no menos exhausto jinete, rodaron por los suelos, como todos esperaban, ante la bien dirigida lanza y el vigoroso corcel del Templario.

Este desenlace del combate todos lo habían previsto; pero, aunque la lanza de Ivanhoe apenas rozó el escudo de Bois-Guilbert en comparación, aquel campeón, para asombro de cuantos lo presenciaron, tambaleó en su silla, perdió los estribos y cayó en la liza.

Ivanhoe, desprendiéndose de su caballo caído, estuvo pronto a pie, apresurándose a mejorar su suerte con la espada; pero su antagonista no se levantó. Wilfredo, poniendo el pie sobre su pecho y la punta de la espada en su garganta, le ordenó que se rindiera o muriera en el acto. Bois-Guilbert no respondió.

«No lo mates, señor caballero —exclamó el Gran Maestre—, sin confesar ni absolver; ¡no mates cuerpo y alma! Lo declaramos vencido».

Descendió a la liza y ordenó que le quitaran el yelmo al campeón vencido. Tenía los ojos cerrados; el rojo oscuro rubor seguía en su frente. Mientras lo contemplaban con asombro, los ojos se abrieron, pero estaban fijos y vidriosos. El rubor desapareció de su frente y dio paso al color pálido de la muerte. Ileso por la lanza de su enemigo, había muerto víctima de la violencia de sus propias pasiones encontradas.

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