Que el mal encasquetado me lleve si no tengo redaños para enfrentarme a una docena de ellos».
—¿Juras, Santo Clerigo? —dijo el Caballero Negro.
—A mí no me hables de clérigos —respondió el transformado sacerdote—; por San Jorge y el dragón, solo soy tonsurado mientras llevo el sayal a la espalda. Cuando me enfunde en mi casaca verde, beberé, juraré y cortejaré a una moza como cualquier alegre ballestero del West Riding.
—Vamos, padre Jack Priest —dijo Locksley—, y guarda silencio; eres tan ruidoso como un convento entero en víspera festiva, cuando el padre abad se ha ido a la cama.—Vamos también vosotros, amos míos, no os detengáis a hablar de ello—digo que vamos, debemos reunir todas nuestras fuerzas, y pocas serán, si hemos de asaltar el castillo de Reginald Front-de-Boeuf.
—¡Cómo! ¿Es Front-de-Boeuf —dijo el Caballero Negro—, quien ha detenido en el camino real a los vasallos leales del rey? —¿Se ha vuelto ladrón y opresor?
—Opresor ha sido siempre —dijo Locksley.
—Y en cuanto a ladrón —dijo el cura—, dudo que jamás haya sido ni la mitad de hombre honrado que muchos ladrones de mi conocimiento.
—Siga adelante, sacerdote, y calle —dijo el ballestero—; más valdría que nos guiara hacia el lugar de encuentro antes de decir lo que debiera callarse, tanto por decencia como por prudencia.