habitual en los castillos de la época, se efectuaba a través de una barbacana abovedada, u obra exterior, que terminaba y estaba defendida por una pequeña torrecilla en cada esquina.
Apenas vio Cedric las torres del castillo de Front-de-Boeuf levantar sus almenas grises y cubiertas de musgo, que brillaban bajo el sol de la mañana por encima del bosque que las rodeaba, cuando intuyó al instante con mayor acierto la verdadera causa de su desgracia.
«Cometí una injusticia —dijo— con los ladrones y forajidos de estos bosques al suponer que tales bandidos pertenecían a sus cuadrillas; con tanta justicia habría podido confundir a los zorros de estos matorrales con los voraces lobos de Francia.
Decidme, perros, ¿es a mi vida o a mi riqueza a lo que aspira vuestro amo? ¿Es acaso demasiado que dos sajones, yo mismo y el noble Athelstane, poseamos tierras en el país que antaño fue el patrimonio de nuestra raza? ¡Dadnos muerte, pues, y consumad vuestra tiranía arrebatándonos la vida, tal como empezasteis con nuestra libertad!
Si el sajón Cedric no puede rescatar a Inglaterra, está dispuesto a morir por ella. Decid a vuestro tiránico amo que tan solo le suplico que deje partir a lady Rowena con honra y a salvo. Es una mujer, y no tiene por qué temerla; y con nosotros morirá todo aquel que se atreva a luchar por su causa».
Los asistentes permanecieron tan mudos ante esta alocución como ante la anterior, y ahora se hallaban ante la puerta del castillo. De Bracy hizo sonar su cuerno tres veces, y los arqueros y ballesteros, que habían guarnecido la muralla al ver su aproximación, se apresuraron a bajar el puente levadizo y a darles entrada. Los prisioneros fueron obligados por sus guardias a desmontar y los condujeron a una estancia donde se les ofreció un refrigerio frugal, del