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XXXI

síganme!», atravesó el puente levadizo, dispersando a los arqueros que habrían querido interceptarlos. Lo siguieron sus sarracenos y unos cinco o seis hombres de armas que habían montado a caballo. La retirada del Templario se vio periclitada por la multitud de flechas que le dispararon a él y a su grupo; pero esto no le impidió galopar hacia la barbacana, de la cual, según su plan previo, suponía que De Bracy podría haberse adueñado.

—¡De Bracy! ¡De Bracy! —gritó—, ¿estás ahí?

—Aquí estoy —respondió De Bracy—, pero soy un prisionero.

—¿Puedo rescatarte? —exclamó Bois-Guilbert.

—No —respondió De Bracy—; me he rendido, con rescate o sin rescate. Seré un prisionero leal. Sálvate tú —hay gavilanes sueltos—, pon los mares de por medio entre ti e Inglaterra; no oso decir más.

—Bien —respondió el Templario—, si has de demorarte ahí, recuerda que he salvado mi palabra y mi guante. Estén los halcones donde fueren, bien creo que los muros de la Preceptoría de Templestowe serán abrigo suficiente, y hacia allá iré, como la garza a su querencia.

Habiendo hablado así, se alejó al galope con sus seguidores.

Los del castillo que no habían logrado montar a caballo continuaron combatiendo desesperadamente con los asediadores, tras la partida del Templario, más por la desesperación de recibir cuartel que por albergar esperanza alguna de fuga. El fuego se extendía rápidamente por todas partes del castillo cuando Ulrica, que había sido la primera en encenderlo, apareció en una torreón bajo la apariencia de una de las furias antiguas, vociferando un canto de guerra como los que antaño entonaban en el campo de batalla los

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