—Suficientes rufianes tenéis de los vuestros —dijo De Bracy—; ni uno solo de los míos se moverá para semejante recado.
—¿Eres tan obstinado, De Bracy? —dijo el príncipe Juan—; ¿y habrás de abandonarme, después de tantas protestas de celo por mi servicio?
—No lo hablo en serio —dijo De Bracy—; os apoyaré en todo lo que conviene a un caballero, ya sea en las listas o en el campamento; pero esta práctica de salteadores de caminos no entra dentro de mis votos.
—Acércate, Waldemar —dijo el príncipe Juan—. Desdichado príncipe soy. Mi padre, el rey Enrique, tenía servidores fieles; le bastaba decir que estaba atormentado por un sacerdote faccioso, y la sangre de Tomás Becket, santo y todo como era, manchaba los escalones de su propio altar. ¡Tracy, Morville, Brito, súbditos leales y audaces, vuestros nombres, vuestro espíritu están extintos! Y aunque Reginald Fitzurse ha dejado un hijo, este se ha apartado de la fidelidad y el valor de su padre.
—No ha flaqueado en ninguna de las dos cosas —dijo Waldemar Fitzurse—; y puesto que no puede remediarse, tomaré sobre mí la dirección de esta empresa arriesgada. Bien caro, sin embargo, pagó mi padre la alabanza de amigo zeloso; y aun así, su prueba de lealtad hacia Enrique quedó muy por debajo de la que estoy a punto de ofrecer, pues antes asaltaría a todo el santoral que poner la lanza en ristre contra Ricardo Corazón de León.—De Bracy, a ti debo encomendar la tarea de mantener el ánimo de los vacilantes y de custodiar la persona del príncipe Juan. Si recibís noticias tales como confío en enviaros, nuestra empresa dejará de tener un aspecto dudoso.—Paje —dijo—, corre a mis aposentos y dile a mi armero que esté allí preparado; y ordena a Stephen Wetheral, a Broad Thoresby y a las Tres Lanzas de Spyinghow que vengan a mí inmediatamente, y que el maestre de exploradores, Hugh Bardon, me aguarde también.—Adiós, mi Príncipe, hasta tiempos mejores. Diciendo esto, abandonó la estancia.