Largo tiempo lucharon con igualdad, hasta que el Molinero comenzó a perder la paciencia al verse tan firmemente oprimido, y al oír las risas de sus compañeros, quienes, como de costumbre en tales casos, se divertían con su disgusto.
Este no era un estado de ánimo favorable para el noble juego del bastón de dos manos, en el cual, al igual que en el combate ordinario con garrote, se requiere la mayor sangre fría; y le dio a Gurth, cuyo temperamento era firme, aunque hosco, la oportunidad de adquirir una ventaja decisiva, aprovechándose de la cual demostró una gran maestría.
El Molinero avanzaba furiosamente, asestando golpes con ambos extremos de su arma alternadamente, y esforzándose por acortar la distancia para el cuerpo a cuerpo, mientras Gurth se defendía del ataque, manteniendo sus manos separadas una yarda más o menos, y cubriéndose al cambiar su arma de posición con gran celeridad, de modo que protegía su cabeza y su cuerpo.
Así mantuvo la defensa, haciendo que su ojo, su pie y su mano guardaran perfecta sincronía, hasta que, al observar que su antagonista perdía el aliento, le lanzó el bastón a la cara con la mano izquierda; y, mientras el Molinero se esforzaba por parar la estocada, deslizó su mano derecha hacia la izquierda y, con todo el impulso del arma, golpeó a su oponente en el lado izquierdo de la cabeza, el cual midió al instante su longitud sobre el césped verde.
—¡Bien y valientemente hecho! —gritaron los bandidos—; ¡juego limpio y la vieja Inglaterra para siempre! El sajón ha salvado tanto el pellejo como la bolsa, y el molinero ha encontrado la horma de su zapato.
—Puedes marcharte, amigo —dijo el capitán, dirigiéndose a Gurth, en especial confirmación de la voz general—, y haré que dos de mis camaradas te guíen por el mejor camino hasta el pabellón de tu amo, y te protejan de los merodeadores nocturnos que pudieran tener menos