encontrarse en el astuto confesonario. Rebecca, si no comparezco en estas liza pierdo fama y rango; pierdo aquello que es el aliento de mis fosas nasales, la estima, quiero decir, en que me tienen mis hermanos, y las esperanzas que tengo de suceder en esa poderosa autoridad que ahora empuña el beato carcamal Lucas de Beaumanoir, pero de la cual yo haría un uso distinto. Tal es mi segura condena, a menos que comparezca en armas contra tu causa. ¡Maldito sea el de Goodalricke, que cebó esta trampa para mí! ¡Y doblemente maldito Alberto de Malvoisin, que me apartó de la resolución que había tomado de arrojar el guante al rostro del supersticioso y achacoso necio que prestó oídos a una acusación tan absurda, y contra una criatura tan noble de espíritu y tan hermosa de formas como lo eres tú!
—¿Y de qué sirven ahora las imprecaciones o los halagos? —contestó Rebeca—. Has hecho tu elección entre provocar el derramamiento de sangre de una mujer inocente o poner en peligro tu propia condición terrenal y tus esperanzas terrenales. ¿De qué sirve hacer cuentas? Tu elección está hecha.
—No, Rebeca —dijo el caballero, en un tono más suave y acercándose a ella—; mi elección no está hecha; es más, nota bien, te corresponde a ti hacerla. Si comparezco en la liza, debo sostener mi nombre en las armas; y si lo hago, con o sin paladín, mueres en la hoguera, pues no existe el caballero que se haya medido conmigo en armas en igualdad de condiciones, ni en términos de ventaja, salvo Ricardo Corazón de León y su favorito de Ivanhoe. Ivanhoe, como bien sabes, no puede sostener su coselete, y Ricardo se encuentra en una prisión extranjera. Si comparezco, por tanto, mueres, aun cuando tus encantos incitaran a algún joven impetuoso a entrar en la liza en tu defensa.
—¿Y de qué sirve repetir esto tantas veces? —dijo Rebeca.
—Mucho —respondió el Templario—; porque debes aprender a contemplar tu destino desde todos los ángulos.