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XLIII

militares y caballerescos. Ocupaba la cresta de una suave y apacible eminencia, estaba cuidadosamente estacado en todo su perímetro y, como los templarios invitaban gustosos a los espectadores a ser testigos de su destreza en las hazañas de caballería, contaba con abundantes tribunas y bancos para su uso.

En la presente ocasión, se erigió un trono para el Gran Maestre en el extremo oriental, rodeado de asientos de distinción para los preceptores y caballeros de la Orden.

Sobre estos ondeaba el estandarte sagrado, llamado Le Beau-seant, que era el emblema, así como su nombre era el grito de guerra, de los templarios.

En el extremo opuesto de la liza había una pila de haces de leña, dispuesta de tal modo alrededor de un poste, hincado profundamente en el suelo, que dejaba un espacio para que la víctima a la que estaban destinados a consumir entrara en el círculo fatal, con el fin de ser encadenada al poste mediante los grilletes que pendían listos para ese propósito.

Junto a este aparato mortal se hallaban cuatro esclavos negros, cuyo color y rasgos africanos, por entonces tan poco conocidos en Inglaterra, consternaban a la multitud, que los contemplaba como si fueran demonios empleados en sus propias prácticas diabólicas.

Estos hombres no se movían, salvo de vez en cuando, bajo la dirección de quien parecía su jefe, para acomodar y reponer el combustible preparado. No miraban a la multitud. De hecho, parecían insensibles a su presencia y a todo lo que no fuera el cumplimiento de su propio horrible deber.

Y cuando, al hablar entre sí, dilataban sus labios abultados y mostraban sus blancos colmillos, como si sonrieran ante los pensamientos de la tragedia esperada, el atemorizado vulgo apenas podía evitar creer que eran en verdad los espíritus familiares con los que la bruja se había

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