tregua a quienes intentan apagarlas.—¡Adiós, Front-de-Boeuf!—¡Que Mista, Skogula y Zernebock, dioses de los antiguos sajones—demonios, como los llaman ahora los sacerdotes—, suplan el lugar de consoladores en tu lecho de muerte, que Ulrica abandona ahora!—Pero sabe, si ha de darte consuelo saberlo, que Ulrica se dirige a la misma oscura costa que tú, compañera de tu castigo como lo fue de tu culpa.—¡Y ahora, parricida, adiós para siempre!—¡Que cada piedra de este techo abovedado halle una lengua para repetir ese título en tus oídos!
Dicho esto, abandonó la estancia; y Front-de-Boeuf pudo oír el estruendo de la pesada llave al echar la doble cerradura tras ella, cortando así hasta la más remota posibilidad de fuga. En el colmo de la agonía, llamó a gritos a sus criados y aliados: —¡Stephen y Saint Maur! ¡Clement y Giles! ¡Me estoy quemando aquí sin ayuda! ¡A mí, a rescatarme, valiente Bois-Guilbert, valeroso De Bracy! ¡Es Front-de-Boeuf quien llama! ¡Es vuestro señor, escuderos traidores! ¡Vuestro aliado, vuestro hermano de armas, caballeros perjuros y desleales! ¡Todas las maldiciones reservadas a los traidores caigan sobre vuestras cobardes cabezas! ¿Me abandonáis para