Wamba le hizo el servicio que le pedía, y ambos cabalgaron juntos durante algún tiempo, en el cual Gurth mantuvo un taciturno silencio. Al fin no pudo reprimir sus sentimientos por más tiempo.
—Amigo Wamba —dijo—, de todos los tontos lo bastante necios para servir a Cedric, tú solo tienes la suficiente habilidad como para hacerle tolerable tu locura. Ve, pues, a verlo y dile que ni por amor ni por miedo volverá Gurth a servirle.
Puede arrancarme la cabeza de un tajo —puede azotarme— puede cargarme de cadenas—, pero en adelante jamás podrá obligarme ni a amarle ni a obedecerle. Ve a él, pues, y dile que Gurth, hijo de Beowulf, renuncia a su servicio.
—Ciertamente —dico Wamba—, por tonto que sea, no voy a hacer tu recado de loco. Cedric lleva otra jabalina clavada en el cinto, y ya sabes que no siempre falla el blanco.
—No me importa —respondió Gurth— lo pronto que haga de mí una diana. Ayer dejó a Wilfredo, mi joven amo, en su propia sangre. Hoy ha intentado matar ante mis ojos a la única otra criatura viviente que jamás me ha mostrado bondad. ¡Por San Edmundo, San Dunstan, San Withold, San Eduardo el Confesor y todos los demás santos sajones del calendario! (pues Cedric nunca juraba por ninguno que no fuera de linaje sajón, y toda su casa compartía la misma y limitada devoción), ¡nunca se lo perdonaré!
—A mi parecer —dijo el Bufón, que solía hacer con frecuencia de conciliador en la familia—, nuestro amo no se proponía hacer daño a Colmillos, sino tan solo asustarle. Pues, si os fijasteis, se alzó en los estribos como queriendo pasar el blanco por alto; y así lo habría hecho, pero Colmillos, al dar un salto en el mismo instante, recibió un arañazo, que me comprometo a curar con un dedal de alquitrán.