hermosa judía, tendrá un lugar en la tribuna! ¿Qué es ella, Isaac? ¿Tu esposa o tu hija, esa hurí oriental que aprisionas bajo el brazo como si fuera tu cofre del tesoro?
—Mi hija Rebeca, si place a vuestra Alteza —respondió Isaac, haciendo una profunda reverencia y sin mostrarse en absoluto turbado por el saludo del príncipe, en el cual, sin embargo, había al menos tanta burla como cortesía.
—Más sabio eres tú —dijo Juan con una carcajada a la que sus alegres seguidores se sumaron obsequiosamente—. Pero, hija o esposa, debe ser preferida según su belleza y tus méritos. —¿Quién se sienta ahí arriba? —continuó, fijando su mirada en la tribuna—. ¡Villanos sajones, holgazaneando a su anchas! ¡fuera de ahí! Que se apretujen y hagan sitio para mi príncipe de los usurero y su hermosa hija. Haré que esa chusma sepa que debe compartir los lugares altos de la sinagoga con aquellos a quienes la sinagoga pertenece propiamente.
Los ocupantes de la galería a quienes iba dirigido este discurso ofensivo y descortés eran la familia de Cedric el Sajón, junto con la de su aliado y pariente, Athelstane de Coningsburgh, un personaje que, debido a su descendencia de los últimos monarcas sajones de Inglaterra, era tenido en el más alto respeto por todos los nativos sajones del norte de Inglaterra. Pero con la sangre de esta antigua estirpe real, muchos de sus defectos habían descendido hasta Athelstane. Era de rostro apuesto, de complexión fornida y fuerte, y en la flor de la edad; sin embargo, inanimado en su expresión, de mirada apagada, cejijunto, inactivo y perezoso en todos sus movimientos, y tan lento para tomar decisiones, que le fue atribuido el apodo de uno de sus antepasados, siendo llamado muy comúnmente Athelstane el Indeciso. Sus amigos, que eran muchos y —al igual que Cedric— le profesaban un afecto apasionado, sostenían que este temperamento perezoso no provenía de una falta de valor, sino de una mera falta de resolución; otros alegaban que su vicio hereditario