noche; ya que era deber especial de aquellos ermitaños que moraban en los bosques ejercer la hospitalidad hacia los pasajeros sorprendidos por la noche o extraviados.
Por consiguiente, el caballero no perdió tiempo en considerar minuciosamente los pormenores que hemos detallado, sino que, dando gracias a san Julián (el patrono de los viajeros) por haberle enviado un buen refugio, desmontó de su caballo y asaltó la puerta de la ermita con el cuento de su lanza, con el fin de llamar la atención y conseguir la entrada.
Pasó algún tiempo antes de que obtuviera respuesta alguna, y esta, cuando llegó, fue des favorable.
—Sigue tu camino, quienquiera que seas —fue la respuesta que dio una voz ronca y profunda desde el interior de la choza—, y no interrumpas al siervo de Dios y de san Dunstan en sus devociones vespertinas.
—Digno padre —respondió el caballero—, aquí tenéis a