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XIV. El torneo

Por muy despreciados y degradados que estuvieran en ocasiones ordinarias, el gran número de anglosajones debía necesariamente hacerlos temibles en las conmociones civiles que parecían avecinarse, y era un punto evidente de prudencia política asegurarse la popularidad entre sus líderes.

Era, por tanto, intención del Príncipe, la cual mantuvo durante algún tiempo, tratar a aquellos huéspedes insólitos con una cortesía a la que habían estado poco acostumbrados.

Pero aunque ningún hombre doblegaba con menos escrúpulos sus hábitos y sentimientos habituales en aras de su interés, era desgracia de este Príncipe que su ligereza y petulancia aflorasen perpetuamente, arruinando todo lo que se había ganado con su disimulo previo.

De este temperamento inconstante dio un ejemplo memorable en Irlanda, cuando fue enviado allí por su padre, Enrique segundo, con el propósito de ganarse la opinión favorable de los habitantes de aquella nueva e importante adquisición para la corona inglesa. En aquella ocasión, los caudillos irlandeses rivalizaban por ser los primeros en ofrecer al joven príncipe su leal homenaje y el beso de paz. Pero, en vez de recibir sus saludos con cortesía, Juan y sus petulantes acompañantes no pudieron resistir la tentación de tirar de las largas barbas de los caudillos irlandeses; una conducta que, como era de esperar, fue muy mal recibida por estos dignatarios insultados y produjo consecuencias fatales para la dominación inglesa en Irlanda. Es necesario tener presentes estas incoherencias del carácter de Juan para que el lector pueda comprender su comportamiento durante aquella tarde.

En ejecución de la resolución que había tomado en sus momentos de mayor calma, el príncipe Juan recibió a Cedric y a Athelstane con distinguida cortesía, y expresó su desilusión, sin resentimiento, cuando el

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