“¿Disputas conmigo, esclavo!”, dijo el soldado; y, picando espuelas a su caballo, lo hizo dar una media vuelta cruzando el camino, levantando al mismo tiempo la fusta que tenía en la mano, con el propósito de castigar lo que consideraba la insolencia del campesino.
Gurth le dirigió una mirada salvaje y vengativa, y con un ademán fiero pero vacilante, puso la mano sobre el cabo de su cuchillo; pero la intervención del prior Aymer, que metió su mula entre su compañero y el porquerizo, impidió la violencia planeada.
—No, por Santa María, hermano Brian, no creas que estás ahora en Palestina, imperando sobre turcos paganos y sarracenos infieles; a los isleños no nos gustan los golpes, salvo los de la santa Madre Iglesia, que castiga a quien ama.—Dime, buen hombre —le dijo a Wamba, y acompañó sus palabras con una pequeña moneda de plata—, el camino para ir a la casa de Cedric el Sajón; no puedes ignorarlo, y es tu deber guiar al viajero aun cuando su carácter sea menos santificado que el nuestro.
—A decir verdad, venerable padre —respondió el Bufón—, la cabeza de sarraceno de vuestro reverendísimo compañero ha espantado de la mía el camino a casa; no estoy seguro de llegar a ella esta noche por mis propios medios.
—Vaya —dijo el Abad—, bien puedes decirlo si quieres. Este reverendísimo hermano se ha pasado toda la vida luchando entre los sarracenos por la recuperación del Santo Sepulcro; pertenece a la orden de los Caballeros Templarios, de la que habréis oído hablar; es medio monje, medio soldado.
—Si es monje siquiera a medias —dijo el Bufón—, no debería ser totalmente desrazonado con aquellos con quienes se cruza en el camino, aunque no tengan prisa alguna por responder a preguntas que en nada les conciernen.