mientras las otras se afanaban en seleccionar, de entre las cestas de flores colocadas ante ellas, guirnaldas que destinaban al mismo fúnebre propósito. El comportamiento de las doncellas era recatado, si bien no estaba marcado por un profundo dolor; pero de vez en cuando algún murmullos o una sonrisa atraían la reprensión de las matronas más severas, y aquí y allá podía verse a alguna doncella más interesada en averiguar qué tal le sentaba su vestido de luto que en la lúgubre ceremonia para la que se estaban preparando. Tampoco esta propensión (si es que debemos confesar la verdad) disminuyó en absoluto con la aparición de dos caballeros extraños, lo que provocó algunas miradas furtivas, asomos y cuchicheos. Rowena sola, demasiado orgullosa para ser vana, saludó a su libertador con una graciosa reverencia. Su comportamiento era serio, mas no abatido; y cabe dudar si los pensamientos en Ivanhoe, y en la incertidumbre de su destino, no reclamaron una parte tan grande de su gravedad como la muerte de su pariente.
Para Cedric, sin embargo, que, como hemos observado, no era precisamente clarividente en tales ocasiones, la pena de su protegida parecía mucho más profunda que la de cualquiera de las otras doncellas, por lo que juzgó oportuno susurrarle la explicación: «Era la prometida esposa del noble Athelstane». Puede dudarse de que esta comunicación contribuyera en gran medida a aumentar la disposición de Wilfredo a condolerse con los deudos de Coningsburgh.
Habiendo presentado así formalmente a los huéspedes las distintas cámaras en las que las exequias de Athelstane se celebraban bajo diversas formas, Cedric los condujo a una pequeña habitación, destinada, según les informó, al alojamiento exclusivo de huéspedes honorables, cuyo vínculo más leve con el difunto pudiera hacerlos remisos a unirse a aquellos que estaban afectados de inmediato por el infausto suceso.