Tan pronto como el príncipe Juan observó que la predestinada Reina del día había llegado al palenque, adoptando ese aire de cortesía que le sentaba bien cuando le placía exhibirlo, cabalgó hacia adelante para recibirla, se quitó la boina y, desmontando de su caballo, ayudó a la lady Rowena a bajar de su silla, mientras sus seguidores se descubrían al mismo tiempo y uno de los más distinguidos apeaba para sostener su hacanea.
—Es así —dijo el príncipe Juan—, como damos el obediente ejemplo de lealtad a la Reina del Amor y de la Belleza, y somos nosotros mismos su guía hacia el trono que hoy ha de ocupar. —Señoras —dijo—, acompañad a vuestra Reina, tal como deseáis ser distinguidas a vuestra vez por parecidos honores.
Así diciendo, el Príncipe condujo a Rowena al asiento de honor opuesto al suyo, mientras las damas más hermosas y distinguidas presentes se agolpaban tras ella para conseguir sitios lo más cerca posible de su soberana temporal.
Apenas se hubo sentado Rowena, cuando un estallido de música, medio ahogado por los gritos de la multitud, saludó su nueva dignidad.
Entre tanto, el sol brillaba intensa y luminosamente sobre las armas pulidas de los caballeros de ambos bandos, que abarrotaban los extremos opuestos de las listas y sostenían una entusiasta conferencia sobre el mejor modo de organizar su línea de batalla y sostener el combate.
Los heraldos proclamaron entonces silencio hasta que se leyeron las leyes del torneo. Estas estaban calculadas en cierta medida para disminuir los peligros de la jornada; una precaución tanto más necesaria cuanto que el combate iba a sostenerse con espadas afiladas y lanzas puntiagudas.
Se prohibió, por lo tanto, a los campeones estocar con la espada, limitándose al golpeo. Se anunció que un caballero podría usar a su