¡Así que! ya terminó, como cuento de viejas.
Cuando pasaron los primeros momentos de sorpresa, Wilfredo de Ivanhoe preguntó al Gran Maestre, como juez del campo, si había cumplido varonil y legítimamente con su deber en el combate.
—Varonil y legítimamente ha sido hecho —dijo el Gran Maestre—. Declaro a la doncella libre e inocente; las armas y el cuerpo del caballero difunto quedan a voluntad del vencedor.
—No le despojaré de sus armas —dijo el caballero de Ivanhoe—, ni condenaré su cadáver a la ignominia; ha luchado por la Cristiandad; el brazo de Dios, no mano humana, lo ha abatido este día. Mas que sus exequias sean privadas, como cuadra a quien murió en una causa injusta. Y en cuanto a la doncella...
Lo interrumpió el retumbo de cascos de caballos, que avanzaban en tal número y con tanta rapidez que hacían temblar el suelo a su paso; y el Caballero Negro galopó hacia la liza.
Lo seguía una numerosa banda de hombres de armas y varios caballeros con armadura completa.
—Voy demasiado tarde —dijo, mirando a su alrededor—. Había destinado a Bois-Guilbert para mi propia presa. Ivanhoe, ¿estuvo bien esto, emprender semejante aventura, y tú apenas capaz de mantenerte en la silla?
“El cielo, mi Señor —respondió Ivanhoe—, ha tomado a este hombre orgulloso por su víctima. No había de ser honrado en su muerte como