último momento de vuestra vida se amargaría con el remordimiento por haberme negado lo que os
El aire noble y solemne con que Rebeca hizo esta súplica le otorgó un doble peso ante la bella sajona.
“El hombre es viejo y endeble —dijo a su tutor—, la doncella joven y hermosa, y su amigo está enfermo y con la vida en peligro; por más judíos que sean, los cristianos no podemos abandonarlos en semejante trance. Que descarguen dos de las acémilas y coloquen el equipaje a las ancuras de dos de los siervos. Las mulas podrán transportar la litera, y tenemos caballos de sobra para el anciano y su hija”.
Cedric consintió de buen grado en lo que ella proponía, y Athelstane solo añadió la condición de «que debían marchar en la retaguardia de toda la comitiva, donde Wamba», dijo, «pudiera asistirles con su escudo de carne de jabalí».
—He dejado mi escudo en el palenque —respondió el Bufón—, como ha sido el destino de muchos caballeros mejores que yo.
Athelstane enrojeció profundamente, pues tal había sido su propia suerte en el último día del torneo; mientras que Rowena, complacida en la misma proporción, como para enmendar la broma brutal de su insensible pretendiente, le pidió a Rebeca que cabalgara a su lado.
—No sería propio que lo hiciese —respondió Rebeca, con orgullosa humildad—, donde mi compañía pudiera tenerse por una deshonra para mi protectora.
Para entonces el traslado del equipaje se realizó apresuradamente; pues la sola palabra «forajidos» mantenía a todos suficientemente alerta, y la llegada del crepúsculo hacía que el sonido fuera aún más impresionante. En medio del bullicio, bajaron a Gurth del caballo, durante cuya maniobra este logró convencer al Bufón de que aflojara la cuerda con la