—¡Tu hija! —dijo Front-de-Boeuf, como si estuviera sorprendido—: Por los cielos, Isaac, ojalá lo hubiera sabido. Creí que aquella muchacha de cejas oscuras era tu concubina, y se la di por doncella a Sir Brian de Bois-Guilbert, a la usanza de los patriarcas y héroes de antaño, quienes nos legaron en estos menesteres un sano ejemplo.
El grito que lanzó Isaac ante esta insensible comunicación hizo retumbar la bóveda misma y dejó tan estupefactos a los dos sarracenos que soltaron al judío. Este aprovechó su liberación para arrojarse al pavimento y abrazarse a las rodillas de Front-de-Boeuf.
—Toma todo lo que has pedido —dijo él—, señor caballero; toma diez veces más; redúceme a la ruina y a la mendicidad, si quieres; es más, atravésame con tu puñal, brásame en esa hoguera, ¡pero perdona a mi hija, entrégala a salvo y con honra! Tal como has nacido de mujer, respeta la honra de una doncella indefunta —perdón, indefensa—; ella es la imagen de mi difunta Raquel, es la última de las seis prendas de su