—Y, sin embargo —dijo—, creo que mis compatriotas sajones se habían juntado el tiempo suficiente con los normandos como para contagiarse del tono de sus melancólicas canciones. ¿Qué sacó al honrado caballero de su hogar? ¿O qué podía esperar sino encontrar a su dama muy entretenida con un rival a su regreso, y su serenata, como la llaman, tan ignorada como el maullido de un gato en el tejado?
No obstante, señor caballero, bebo esta copa a tu salud, por el éxito de todos los verdaderos amantes; aunque mucho temo que tú no seas uno de ellos —añadió, al observar que el caballero (cuyo cerebro empezaba a calentar con estos repetidos tragos) bautizaba su jarra con el aguamanil.
—¿Por qué —dijo el caballero— no me dijiste que esta agua era del pozo de tu bendito patrono, san Dunstan?
—Ay, en verdad —dijo el ermitaño—, y a muchos cientos de paganos bautizó allí, pero nunca oí decir que bebiera de ella. Cada cosa debe destinarse a su uso debido en este mundo. San Dunstan conocía, tan bien como cualquiera, las prerrogativas de un fraile jovial.
Y, diciendo esto, tomó el arpa y deleitó a su huésped con la siguiente canción característica, al son de una especie de estribillo de derry-down, apropiado para una vieja cancioncilla inglesa.
Te doy, buen amigo, un año o dos más, para que busques por Europa, de Bizancio a España; mas jamás hallarás, aunque busques hasta cansarte, a un hombre tan feliz como el Fray Descalzo. Tu caballero cabalga veloz hacia su dama, y a la caída de la tarde vuelve a casa atravesado por una lanza; yo lo confieso a toda prisa, pues su dama no desea otro consuelo en la tierra que el del Fray Descalzo.