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VIII. El Torneo

Los caballeros son polvo, y sus buenas espadas son óxido, sus almas están con los santos, confiamos.

Sus escudos llevan ya mucho tiempo desmoronándose en los muros de sus castillos. Sus castillos mismos no son más que montículos verdes y ruinas destrozadas; el lugar que antes los conoció, ya no los conoce más; es más, muchas estirpes posteriores a la suya se han extinguido y han quedado en el olvido en la misma tierra que ellos ocuparon, con toda la autoridad de propietarios feudales y señores feudales. ¿De qué le serviría, pues, al lector conocer sus nombres, o los símbolos efímeros de su rango marcial!

Ahora bien, sin sospechar en lo más mínimo el olvido que aguardaba a sus nombres y hazañas, los campeones avanzaron por la liza, refrenando a sus corceles fogosos y obligándoles a marchar despacio, mientras al mismo tiempo hacían gala de sus aires, así como de la gracia y destreza de los jinetes. Al entrar la procesión en la liza, se oyó el son de una música salvaje y bárbara desde detrás de las tiendas de los desafiadores, donde los músicos estaban ocultos. Era de origen oriental, pues había sido traída de Tierra Santa; y la mezcla de címbalos y cascabeles parecía dar al mismo tiempo la bienvenida y desafiar a los caballeros a medida que avanzaban. Con los ojos de una inmensa concurrencia de espectadores fijos en ellos, los cinco caballeros avanzaron hasta la plataforma sobre la cual se alzaban las tiendas de los desafiadores, y separándose allí, cada uno tocó levemente, y con el revés de su lanza, el escudo del antagonista al que deseaba oponerse. Las clases más bajas de espectadores en general —es más, muchas de las altas esferas, y se dice incluso que varias de las damas— se sintieron bastante decepcionadas de que los campeones hubieran elegido las armas corteses. Pues la misma clase de personas que, en la actualidad aplauden con más entusiasmo las más hondas tragedias, se interesaban entonces en un torneo exactamente en proporción al peligro corrido por los campeones participantes.

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