tampoco lo haré. Si este ballestero puede hender esa vara, le cedo la victoria... o más bien, se la cedo al diablo que lleva en el jubón, y no a destreza humana alguna; uno no puede hacer más que lo mejor que sabe, y no quiero tirar donde estoy seguro de errar. Tanto valdría disparar al filo de la navaja de nuestro cura, o a una pajita de trigo, o a un rayo de sol, que a una rayita blanca y parpadeante que apenas puedo ver.
—¡Perro cobarde! —dijo el príncipe Juan—. ¡Eh, tú, Locksley, dispara!; pero, si aciertas a dar en semejante blanco, diré que eres el primer hombre que lo ha hecho jamás. Sea como fuere, no te vanagloriarás ante nosotros con una mera ostentación de superior habilidad.
—Haré lo mejor que pueda, como dice Hubert —respondió Locksley—; ningún hombre puede hacer más.
Diciendo esto, volvió a tender su arco, pero en esta ocasión miró con atención su arma y cambió la cuerda, la cual pensó que ya no era perfectamente redonda, al haberse gastado un poco con los dos disparos anteriores.
Tomó luego puntería con cierta deliberación, y la multitud aguardó el desenlace en un silencio sobrecogedor. El arquero confirmó la opinión que se tenía de su destreza: su flecha partió la vara de sauce a la que iba dirigida.
Un júbilo de aclamaciones le siguió; y aun el príncipe Juan, en admiración por la habilidad de Locksley, perdió por un instante su aversión hacia su persona.
«Estos veinte nobles —dijo—, que, junto con el clarín, has ganado con justicia, son tuyos; los haremos cincuenta si quieres aceptar librea y servicio con nosotros como ballestero de nuestra guardia de corps, y estar cerca de nuestra persona. Pues jamás mano tan fuerte tendió un arco, ni ojo tan fiel dirigió una saeta».