—Yo soy Dobla-el-Arco —dijo el Capitán—, y Locksley, y tengo además buena fama aparte de todos estos.
—Mas te equivocas, buen Dobla-Arco, en lo que respecta a esa misma cámara abovedada. Así me ayude el Cielo, que no hay en ella sino algunas mercancías de las que gustoso me desharé en favor tuyo: cien yardas de verde de Lincoln para hacer jubones a tus hombres, y cien varas de tejo español para hacer arcos, y cien cuerdas de arco de seda, resistentes, redondas y buenas; todo esto te enviaré por tu buena voluntad, honrado Diccon, si guardas silencio acerca de la bóveda, mi buen Diccon.
“Silencioso como un lirón —dijo el Forajido—; y que nunca más fíes de mí si no me duele en el alma lo de tu hija. Pero no puedo evitarlo; las lanzas de los Templarios son demasiado fuertes para mi arquería en campo abierto: nos dispersarían como el polvo. De haber sabido que era Rebeca cuando se la llevaron, algo se podría haber hecho; pero ahora has de proceder con astucia. Vamos, ¿quiero que interceda por ti