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XXXVI

asunto a buen término y serás Preceptor de Maison-Dieu, en el fértil Kent. ¿Qué dices?

—Hay —respondió Malvoisin—, entre los que vinieron aquí con Bois-Guilbert, a dos sujetos a quienes conozco bien; fueron criados de mi hermano Philip de Malvoisin y pasaron de su servicio al de Front-de-Boeuf. Puede que sepan algo de las hechicerías de esta mujer.

«Id, buscadlos al instante; y escuchad: si uno o dos bizantinos refrescan su memoria, que no falten».

—Juraría que venderían a la madre que los parió por un cequí —dijo el Preceptor.

—Marchaos, pues —dijo Mont-Fitchet—; al mediodía el asunto seguirá su curso. No he visto a nuestro superior en tan fervorosos preparativos desde que condenó a la hoguera a Hamet Alfagi, un converso que reincidió en la fe musulmana.

La pesada campana del castillo había dado las doce en punto, cuando Rebeca oyó un tropel de pasos en la escalera privada que conducía a su lugar de reclusión.

El ruido anunciaba la llegada de varias personas, y la circunstancia más bien le alegró; pues temía más las visitas solitarias del fiero y apasionado Bois-Guilbert que cualquier otro mal que pudiera sobrevenirle.

La puerta de la estancia fue abierta y entraron Conrade y el preceptor Malvoisin, acompañados por cuatro guardias vestidos de negro y portando alabardas.

—¡Hija de una raza maldita! —dijo el Preceptor—, levántate y síguenos.

—¿Adónde —dijo Rebeca—, y con qué propósito?

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