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XXIV

Así preparada para esperar circunstancias adversas, había adquirido la firmeza necesaria para actuar bajo ellas.

Su situación actual requería toda su presencia de ánimo, y la reunió en consecuencia.

Su primer cuidado fue inspeccionar la estancia; pero esta ofrecía pocas esperanzas, ya fuera de huida o de protección.

No contenía pasadizos secretos ni trampillas, y a menos que por la puerta por la que había entrado se uniera al edificio principal, parecía estar delimitada por el muro exterior redondo del torreón. La puerta no tenía cerrojo ni tranca en el interior.

La única ventana daba a un espacio almenado situado en lo alto de la torre, lo que le dio a Rebeca, a primera vista, algunas esperanzas de escapar; pero pronto descubrió que no tenía comunicación con ninguna otra parte de las almenas, al tratarse de un balcón volado o garitón aislado, protegido, como era habitual, por un parapeto con troneras, en las que se podía apostar a unos cuantos arqueros para defender el torreón y flanquear con sus disparos el muro del castillo por ese lado.

No había, por tanto, más esperanza que en la fortaleza pasiva y en esa profunda confianza en el Cielo, natural en los caracteres grandes y generosos. Rebeca, por erróneamente que se le hubiera enseñado a interpretar las promesas de la Escritura al pueblo elegido del Cielo, no se equivocaba al suponer que el presente era su momento de prueba, ni al confiar en que los hijos de Sión serían algún día congregados con la plenitud de los gentiles. Mientras tanto, todo a su alrededor demostraba que su estado actual era de castigo y expiación, y que su deber especial consistía en sufrir sin pecar.

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