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XVIII

cabeza salieron por la puerta y, poco después, ladrando furiosamente y saltando de un lado a otro, pareció empeñado en unirse al grupo.

—No me gusta esa música, padre Cedric —dijo Athelstane, pues por este título de respeto solía dirigirse a él.

—Tampoco yo, tío —dijo Wamba—; mucho me temo que vamos a tener que pagar los platos rotos.

—En mi opinión —dijo Athelstane, en cuya memoria la buena cerveza del Abad (pues Burton ya era famosa por ese benévolo licor) había dejado una impresión favorable—; en mi opinión, haríamos mejor en dar la vuelta y quedarnos con el Abad hasta la tarde. Da mala suerte viajar cuando tu camino se cruza con un monje, una liebre o un perro aullador, antes de haber tomado la siguiente comida.

—¡Fuera! —dijo Cedric con impaciencia—; el día es ya demasiado corto para nuestro viaje. En cuanto al perro, bien sé que es el chucho del esclavo fugitivo Gurth, un fugitivo inútil como su amo.

Diciendo esto, y poniéndose al mismo tiempo sobre los estribos, impaciente por la interrupción de su viaje, lanzó su jabalina contra el pobre Fangs —pues Fangs era, el cual, tras haberle seguido el rastro a su amo tan lejos en aquella expedición furtiva, lo había perdido en ese punto y ahora, a su manera torpe, se regocijaba por su reaparición—. La jabalina infligió una herida en el hombro del animal, y por poco lo clava en la tierra; y Fangs huyó aullando de la presencia del enfurecido thane. El corazón de Gurth se hinchó en su pecho; pues sintió esta premeditada matanza de su fiel servidor de un modo mucho más profundo que el mal trato que él mismo había recibido. Habiendo intentado en vano llevarse la mano a los ojos, le dijo a Wamba, quien, al ver el mal humor de su amo, se había retirado prudentemente a la retaguardia: —Te ruego que me hagas el favor de limpiarme los ojos con el faldón de tu manto; el polvo me molesta, y estas ataduras no me permiten valerme por mí mismo de ningún modo.

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