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XLII

como Ivanhoe, muchas de las barreras que durante medio siglo habían separado a los vencedores normandos de los sajones vencidos. Las miradas abatidas y dolientes de estos venerables hombres, su silencio y su postura melancólica formaban un fuerte contraste con la frivolidad de los comensales en el exterior del castillo. Sus cabellos grises y sus largas y abundantes barbas, junto con sus túnicas antiguas y sus holgados mantos negros, encajaban a la perfección con la singular y austera estancia en la que se encontraban, y conferían el aspecto de una banda de antiguos devotos de Odín, resucitados para lamentar la decadencia de su gloria nacional.

Cedric, sentado en pie de igualdad entre sus compatriotas, parecía sin embargo, por consentimiento general, actuar como jefe de la asamblea.

A la entrada de Ricardo (conocido por él solo como el valeroso Caballero del Grillo), se levantó con gravedad y le dio la bienvenida con el saludo ordinario, Waes hael, alzando al mismo tiempo una copa hacia su cabeza.

El rey, que no era ajeno a las costumbres de sus súbditos ingleses, devolvió el saludo con las palabras apropiadas, Drinc hael, y bebió de una copa que le tendió el escanciador.

La misma cortesía se le ofreció a Ivanhoe, quien brindó con su padre en silencio, supliendo las palabras habituales con una inclinación de cabeza, no fuera a ser que su voz fuese reconocida.

Cuando esta ceremonia introductoria hubo terminado, Cedric se levantó y, extendiendo la mano hacia Ricardo, lo condujo a una capilla pequeña y muy tosca, excavada, por decirlo así, en uno de los contrafuertes exteriores. Como no había más abertura que una pequeña y estrecha tronera, el lugar habría estado casi completamente a oscuras de no ser por dos

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