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XVI

bermejas como las de un trompetero, de las que pendía una larga y rizada barba negra. Semejante semblante, unido a la fornida complexión del hombre santo, hablaba más bien de solomillos yancas que de guisantes y legumbres. Tal incongruencia no pasó inadvertida para el huésped. Tras lograr con gran dificultad tragar un bocado de guisantes secos, consideró absolutamente necesario pedir a su piadoso anfitrión que le proporcionara algo de beber; este respondió a su petición colocando ante él un gran jarro con el agua más pura de la fuente.

—Es del pozo de San Dunstan —dijo—, en el cual, de sol a sol, bautizó a quinientos daneses y britanos paganos; ¡bendito sea su nombre! —Y acercando su barba negra al jarro, dio un trago mucho más moderado en cantidad de lo que su elogio parecía prometer.

“Me parece, reverendo padre —dijo el caballero—, que los pequeños bocadois que coméis, junto con esta bebida sagrada, pero algo aguada, os han sentado maravillosamente. Parecéis un hombre más propio para ganar el carnero en un combate de lucha libre, o la anilla en un torneo de bastón, o las rodelas en un duelo de espada, que para consumir vuestro tiempo en este desolado desierto, diciendo misas y alimentándoos de guisantes tostados y agua fría”.

—Señor caballero —respondió el ermitaño—, vuestros pensamientos, como los de la ignorante grey laica, son según la carne. Ha pluguerto a Nuestra Señora y a mi santo patrono bendecir la pitanza a la que me limito, así como las legumbres y el agua fueron bendecidas para los niños Sadrac, Mesac y Abednegó, quienes consumieron esto antes que mancharse con el vino y las viandas que les tenía señalados el rey de los sarracenos.

—Santo padre —dijo el caballero—, en cuyo rostro ha placido al Cielo obrar tal milagro, ¿permite un laico pecador suplicar vuestro nombre?

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