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V. Isaac of York

—Buen padre Aymer —dijo el sajón—, sépalo vuestra merced: no me importan un bledo esos refinamientos de ultramar, sin los cuales puedo disfrutar muy bien de los placeres del bosque. Sé tocar el cuerno, aunque no llame a la fanfarria ni recheate ni morte; sé animar a mis perros en pos de la presa, y sé desollar y descuartizar al animal cuando cae abatido, sin usar la jerga novedosa de curee, arbor, nombles, y toda esa monserga del fabuloso sir Tristrem.

—El francés —dijo el Templario, alzando la voz con el tono presuntuoso y autoritario que empleaba en todas ocasiones— no es sólo la lengua natural de la caza, sino también la del amor y la de la guerra, en la que las damas deben ser conquistadas y los enemigos desafiados.

—Brindad conmigo con una copa de vino, señor Templario —dijo Cedric—, y llenad otra para el Abad, mientras yo echo la vista atrás unos treinta años para contaros otra historia. Tal como era entonces Cedric el Sajón, su llana historia en inglés no necesitaba ningún adorno de los trovadores franceses cuando era contada al oído de la belleza; y el campo de Northallerton, el día del Estandarte Santo, podría decir si el grito de guerra sajón no se oyó tan adentro en las filas de la hueste escocesa como el cri de guerre del más audaz barón normando. ¡Por la memoria de los valientes que allí lucharon!— Brindad conmigo, mis huéspedes. Bebió un trago largo y prosiguió con creciente calidez. —Sí, aquel fue un día de escudos partidos, en que un centenar de estandartes se inclinaron hacia adelante sobre las cabezas de los valientes, y la sangre corrió en derredor como el agua, y la muerte se tuvo por mejor que la huida. Un bardo sajón lo habría llamado un banquete de espadas, una reunión de águilas para la presa, el entrechoque de alabardas sobre escudo y yelmo, el griterío de la batalla más alegre que el clamor de unas bodas. Pero nuestros bardo ya no existen —dijo—; nuestras hazañas se pierden entre las de otra raza; nuestra lengua, nuestro propio nombre, se

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