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XXXVIII

No obstante, envíale la nueva, padre mío, pues goza del favor de los hombres fuertes de su pueblo y, como fue nuestro compañero en la casa de servidumbre, puede ser que halle a alguien que luche por mí. Y dile, dile aun a él, aun a Wilfredo, hijo de Cedric, que, si Rebeca vive o si Rebeca muere, vive o muere enteramente libre de la culpa de que se la acusa.

Y si es la voluntad de Dios que seas privado de tu hija, no te detengas, anciano, en esta tierra de derramamiento de sangre y crueldad; sino márchate a Córdoba, donde tu hermano vive a salvo, bajo la sombra del trono, sí, del trono de Boabdil el Sarraceno; porque menos crueles son las crueldades de los moros con la estirpe de Jacob, que las crueldades de los nazarenos de Inglaterra».

Isaac escuchó con tolerable compostura mientras Ben Samuel leía la carta, y luego reanudó los gestos y exclamaciones del dolor oriental, rasgándose las vestiduras, esparciéndose polvo en la cabeza y exclamando: «¡Mi hija! ¡mi hija! ¡carne de mi carne y hueso de mi hueso!».

—Sin embargo —dijo el rabino—, cobra ánimo, porque este dolor de nada sirve. Cíñete los lomos y busca a este Wilfredo, el hijo de Cedric. Puede que te ayude con consejo o con fuerza; pues el joven goza del favor de Ricardo, llamado por los nazarenos Corazón de León, y las noticias de que ha regresado son constantes en la tierra. Puede que obtenga su carta y su sello, ordenando a estos hombres de sangre, que toman su nombre del Temple para su deshonra, que no prosigan en su maldad proyectada.

—Iré a buscarlo —dijo Isaac—, pues es un buen joven y se compadece del destierro de Jacob. Pero él no puede llevar su armadura, ¿y qué otro cristiano librará batalla por los oprimidos de Sión?

—No, de ningún modo —dijo el rabino—, hablas como quien no conoce a los gentiles. Con oro comprarás su valor, tal como con oro

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